Hoy me levanté más temprano de lo que ocupaba y me bañé. Quedaba mucho tiempo entonces me hice chocolate y vi las noticias. Me fui.
En el bus un señor me preguntó si iba a trabajar. Le dije que iba a la universidad y no me escuchó. Lo repetí más fuerte y sonreí. “Es crecer” me dijo Cerati al oído.
El señor se fue y yo también me fui, otra vez.
Cuando llegué hice a saludar y no me vieron. Igual no me gusta eso de sonreír, dar beso y mover la mano sin cariño.
Las clases de los martes me aburren. No son clases de verdad. Sólo se travesea y se cumple con un horario. Para unos son 3 horas de descifrar la manzana esa, para mí son blogs, blogs y más blogs. Y ella.
Ella es lo bonito de los martes. Salimos al receso y le vi celulitis, y la celulitis me vio a mí. Luego vi las rodillas. Parecía que se querían dar un beso.
Daniel siempre me dice que no es bonita y Daniela se ríe cuando yo digo que sí.
Ella tiene anteojos. De esos de pasta bonitos. Y hoy anda chores blancos. Una pálida llegó con enagua (del mismo tono), pero no la opaca, ella es morena y siempre sonríe.
Me gustan sus sandalias, las cosas que van en los pies de las mujeres en general, aunque no me guste decirlo. Mi mamá si me entendía, decía que eran más chivas. Mi tía dice lo mismo, aunque no es lo mismo para mí.
No me gusta que me vea la gente a mi alrededor, prefiero verlos a ellos. Cuando me quedo viendo seguro piensan que soy raro, acosador. La campana suena. Lástima, me estaba divirtiendo.
Yo sé que nunca le voy a hablar, pero no me importa. Me conformo con ver, siempre es igual.
Las clases de los martes son como el chan de la refri de mi casa. Llena pero no sabe.